"El amor lo hizo un cartucho"…
Reviso las palabras de Campobello. Claro que es inevitable pensar en Fiesta de UGL, en La casa de los conejos, en El duende, en El día que fuimos perros; en fin, en todos los relatos contados por la voz de un niño que conozco.
Envidio un poco que todas estas personas hayan tenido de libretitas verdes hasta memorias nítidas que les permitieron escribir sobre los parajes enciclopédicos de la infancia.
Pregunto: ¿yo no tuve nunca la necesidad de documentar lo que me pasaba de pequeño? Recuerdo un par de diarios y hasta un reloj en el que grababa mi voz. Recuerdo cuadernos de dibujo y tardes a solas con el peluche de Alf que tanto me gustaba.
Pero nada de eso importaría, si mi memoria hiciera honor al pasado y me permitiera escribir sobre él. Hago un intento, hasta dos, aunque nada consigo a la altura de estas maravillosas autoras.
Llena de historias es la infancia. Llena de pasajes vividos y de comienzos. Ensayo una tercera oportunidad y lo que consigo es una descripción ególatra de mi punto de vista.
¡Qué amargura! Porque ni un documental puedo hacer como Tarnation. Nada. No tengo nada relevante para contar. Ni sé cómo hacer que un niño lo escribe.
Entonces recuerdo que tengo este espacio, entre vacío y concurrido, de palabras. Recuerdo la entrada del cementerio. La (re)leo. Comprendo los inicios de tanta lejanía y decido que voy a caminar mucho mucho, hasta desfallecer.